A kilómetros de distancia de sus casas y en medio del ritmo exigente de Faena Andina, Alejandro Flores, Ingeniero de Mantenimiento y Daniel Rivera, Planificador, descubrieron que compartían algo más que jornadas de trabajo: una gran pasión por la música.
Aunque cada uno tenía su propio proyecto musical y vivían en ciudades distintas, las conversaciones sobre guitarras, baterías y sonidos se volvieron parte habitual del día a día.
Con los años, la amistad creció al mismo ritmo que la confianza creativa. La pandemia fue el empujón final que los llevó a unir talentos y dar vida a un proyecto musical conjunto, trabajando de manera remota y sumando incluso a un tercer integrante en las voces. “Siempre hablamos de música, de instrumentos, nos compartimos proyectos y nos hacemos críticas entre los dos. En algún momento dijimos ¡hagamos algo juntos!”, cuenta Daniel, quien toca guitarra.
Esta iniciativa se transformó en un espacio de desconexión en medio de la presión propia de del trabajo diario. “Durante el turno, conversar de música es un bálsamo, nos saca un rato de la rutina y hace el día mucho más llevadero”, agrega Alejandro, baterista, destacando que esta sintonía musical también fortalece la relación laboral y el trabajo en equipo.
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